
miércoles, 28 de julio de 2010
La Caída

sábado, 27 de febrero de 2010
Rueda
Supo que era un demonio en el mismo momento en que lo vio. Simplemente lo sabía, del mismo modo que sabía que aquel lugar era el infierno. Ninguno de los dos podría haber sido otra cosa.
La habitación era alargada, y el demonio esperaba junto a un brasero humeante situado en el otro extremo. De las paredes de piedra gris colgaban multitud de objetos, objetos que no habría sido prudente ni tranquilizador inspeccionar de cerca. El techo era bajo, el suelo, extrañamente insustancial.
- Acércate más. - dijo el demonio, y el hombre obedeció.
El demonio estaba flaco como un fideo e iba desnudo. Tenía muchas cicatrices, y parecía que le hubieran arrancado la piel en un pasado remoto. Tampoco tenía orejas, ni sexo. Sus labios eran finos y tenían un aire ascético; sus ojos eran demoníacos: habían visto demasiado y habían llegado demasiado lejos, su mirada hacía que el hombre se sintiera más insignificante que una mosca.
- ¿Qué va a pasar ahora? - preguntó.
- Ahora - replico el demonio, con una voz que no denotaba pena, ni tampoco deleite, tan solo una rotunda y atroz resignación - vas a ser torturado-
- ¿Por cuanto tiempo?
Pero el demonio se limitó a menear la cabeza y no respondió a la pregunta. empezó a caminar despacio a lo largo de la pared, paseando su mirada de objeto en objeto. En el extremo más alejado de la pared, junto a la puerta cerrada, había un látigo de nueve correas hecho de alambres pelados, Con una mano en la que sólo había tres dedos, el demonio lo descolgó de la pared y volvió junto al hombre, transportando el macabro instrumento con suma ceremonia. Colocó las correas de alambre sobre el brasero y se quedó mirando como se calentaban.
- Eso es inhumano.
- Sí.
Los estremos de las nueve correas empezaban a adquirir un tono anaranjado.
Mientras alzaba el brazo para asestar el primer latigazo, dijo:
- Dentro de algún tiempo recordarás todo esto con cariño, incluso este momento.
- Eres un mentiroso.
- No - replicó el demonio-. Lo que viene después es peor - le explicó, justo antes de azotarle.
Entonces, las correas del látigo se estrellaron contra la espalda del hombre, desgarrando sus caras ropas, que ardían y se hacían tiras al contacto con los alambres incandescentes, y el hombre profirió un grito. Pero la cosa no había hecho más que empezar.
En las paredes aún esperaban aún doscientos doce instrumentos de tortura y, a su debido tiempo, habría de probar cada uno de ellos.
Cuando, por fin, el látigo fué colocado en el puesto doscientos trece, entonces, el hombre, con una mueca de dolor, masculló:
- Y ahora, qué?
- Ahora - respondió el demonio - es cuando viene el dolor de verdad.
Y así fué.
Todo cuanto había hecho en su vida y que habría sido mejor no hacer; cada mentira que había dicho; cada pequeño dolor que había inflingido, y los grandes también... cada uno de ellos iba siendo extraído de su interior, detalle a detalle, centímetro a centímetro. El demonio le fué arrancando a tiras la piel del olvido, desnudándolo hasta dejar sólo la verdad, y aquello le dolió más que cualquier otra cosa.
El diablo seguía diseccionando su vida, momento a momento, cada instante. Aquello duró unos cien años, o quizá mil (tenían todo el tiempo del mundo) y cuando se acercaba ya el final, se dio cuenta de que el demonio le había dicho la verdad: la tortura física había resultado más llevadera.
Y terminó.
Y una vez hubo terminado, volvió a empezar de nuevo. Sólo que ahora se conocía a sí mismo como no se había conocido nunca, lo que de alguna manera lo hacía todo aún más insoportable.
Ahora, mientras hablaba, se odiaba con toda su alma. Ya no había mentiras, ni evasivas, ni sitio para otra cosa que no fueran el dolor y la ira.
Estaba hablando. Había dejado de llorar. Y cuando terminó, unos mil años más tarde, rezó para que el demonio fuera hasta la pared y cogiera el cuchillo de despellejar, la pera oral o las empulgueras.
Pero no fué así.
Era como pelas una cebolla. Esta vez, al revisar su vida, comprendió que todo tiene sus consecuencias. Vio el resultado de las cosas que había hechom resultado en el que no era consciente mientras las hacía; ls mil maneras e que había dañado al mundo; el mal que había hecho a personas a las que no conocía y con las que jamás se había tropezado. Era la lección mñas dura que había aprendido hasta el momento.
- Otra vez - repitió el demonio, mil años más tarde.
El hombre (o lo que quedaba de él) se puso en cuclillas, junto al brasero, meciéndose levemente, con los ojos cerrados, y relató la historia de su vida, reviviéndola según la iba contando, desde su nacimiento hasta su muerte, sin alterar nada, sin dejarse nada en el tintero, haciendo frente a todo. Abrió su corazón de par en par.
Cuando terminó, se quedó allí sentado, con los ojos cerrados, esperando oir de nuevo aquello de "Otra vez". Pero el demonio permanecía en silencio. Abrió los ojos.
Se puso en pie, despacio. Estaba solo.
En el extremo opuesto de la habitación había una puerta abierta. Un hombre cruzó la puerta. Su rostro denotaba pavor, y también arrogancia y orgullo. El hombre, que iba vestido con ropa cara, avanzó vacilante unos cuantos pasos y luego se detuvo.
Cuando vio al hombre, lo comprendió todo.
- Aquí el tiempo es fluido - le dijo al recién llegado.
sábado, 21 de febrero de 2009
Seguid Viniendo

Desde los tiempos más remotos hasta la actualidad he proclamado esta consigna, y pocos, muy pocos eran los que llegaban a mis reinos, hasta hace apenas unos años, que navego en la abundancia de almas y veo el incremento cada día mayor del número que ellas llegan a mi. Me siento revivir cuando paseo por mis dominios y veo sus caras de incredulidad. Muchos de ellos ni siquiera creían que el infierno existiera.
En el principio de este largo camino de la humanidad, pensé que no me hacían caso. Llegue a pensar que los hombres eran buenos, que nacían buenos y por eso al morir iban al cielo. Lloré desconsoladamente, viendo las pocas almas que llegaban a mi reino, durante siglos y siglos. Como una larga sequía que asolaba el infierno, así la lluvia de almas se mantenía inerme. Envié delegados, envié esbirros y nada pude cambiar. Hoy lo entiendo: sin apenas comida, sin libertad y trabajando de sol a sol, e incluso más, los hombres morían reventados, pero no de lujuria, ni de gula, sino de trabajo, de hambre, de enfermedades.
Dios se jactaba de ello, de tener el cielo lleno de almas desgraciadas. Ahora soy yo quien me burlo de Dios, de todos los dioses buenos. Yo soy el único Dios que manda, al único Dios que obedecen, el Dios que puede controlar el mundo. El destino de los mortales está en mis manos.
Observo con voluptuosidad y recreándome en ello, como los humanos nadan en la abundancia. Comen excediéndose constantemente, beben sin ninguna traba, y danzan, danzan en este baile de la vida que les lleva al desenfreno, al consumismo exagerado, al poder sin límites, al abuso del débil, al placer sexual efímero, al pulverizar los pocos amores verdaderos que llegan para intentar restañar sus condenadas almas.
Ya no necesito esbirros, los líderes políticos y religiosos se encargan de hacer este trabajo, sin siquiera saber que sirven a mis fines. La humanidad entera está desorientada. Defiende su parcela de poder o de propiedad a cualquier precio, sin enterarse que son efímeros, que todo es perecedero que no se llevaran nada a la otra vida.
Quedan pocos, muy pocos que no se dejen arrastrar por las consignas generales, y esto tampoco les sirve de redención. Los desgraciados no saben aún, que su destino está escrito. Que yo soy el verdadero Dios, que soy el único, que soy el portador de luz, y vendrán a mí sin remedio, a la otra vida, hasta que no quede ni una sola alma libre de pecado, ni tan siquiera los niños, ni los recién nacidos que llevaran en su herencia el estigma de sus padres. Nadie va escapar, ahora ya sé donde está mi poder sobre los hombres, y los he convertido en esclavos.
lunes, 16 de febrero de 2009
Al Despertar

Es curioso cómo te das cuenta de que ya no estás vivo. No tienes la sensación de abandonar un cuerpo -cualquiera que ésta sea-, tus pulmones siguen respirando y tu corazón sigue latiendo…pero algo ha cambiado. Tu memoria, en el momento de tu muerte, es como la de un recién nacido, está vacía. En esos primeros momentos, no es la amnesia de un enfermo, es la sensación que se tiene en los cinco segundos después del sueño. No sabes dónde estás, no te lo preguntas. Caminas sin sentido, sin frío, sin cansancio ni conciencia. Sólo sed.
Lo peor de todo no es descubrir que has muerto -la mayoría de las almas no lo descubren jamás-, lo más aterrador es ser consciente de que te has convertido en muerte.
La muerte no es esa figura oscura cubierta con un manto de pies a cabeza con su inseparable guadaña. Cada persona, en el momento de su muerte, se convierte en muerte.
Guiados por la sed, llegamos hasta la persona que agoniza, bebiéndonos hasta la última gota de vida que aun retiene el desgraciado y, os aseguro, no de forma simbólica, sino devorando las entrañas del moribundo, aunque los todavía vivos no puedan verlo.
Si al principio todos somos y damos vida, al morir todos somos y damos muerte. Nos unimos a ese ejército de almas que vagan buscando nuevos reclutas para la milicia oscura.
Incapaz de saciar mi sed he llegado hasta ti. Nunca antes había hablado con mi próxima víctima. Pero no temas, a partir de esta noche beberemos juntos.
jueves, 12 de febrero de 2009
Como cada día
Relato ganador de la primera convocatoria de AKrelatos, que casualmente es el que escribí. Supongo que gané porque muchos de vosotros visteis reglejada mi vida en él y, por amistad, me votásteis. Así que: Gracias!
En la proxima convocatoria ya no vereis reflejada mi vida, así que votaréis sin duda el que más os guste.
Por cierto, si a alguien le pica la vena artística puede participar en las convocatorias, solo hay que ponerse en contacto con Inanna en Inannapilgrim@hotmail.com .
Empezó sonando una intro de guitarra distorsionada con algo de atmósfera creada por un sintetizador.
“Nothing’s gonna make you stop.”
A aquellos dos instrumentos se les unieron las notas más bajas de la escala en fa, un bajo trepidante anunciaba que la canción estaba a punto de empezar.
“everybody knows you’re lost…”
Justo antes de que empezase el verso de la canción, el despertador fue apagado y observado por unos ojos confusos, unos ojos que no sabían dónde estaban ni qué era lo que ocurría; pues, hacía un instante, estaban contemplando algo de lo que ya no lograban acordarse en el mundo onírico.
Un gruñido incomprensible escapó de la boca de Dani al ver la hora que era y sentir en sus manos –que hasta el momento se encontraban bajo el calor de tres mantas- el frío de las mañanas de invierno.
Si había algo que odiaba Dani, algo que odiaba mucho más que el ambiente gélido y húmedo y que además odiaba durante todo el año, era madrugar.
Dani es de esas personas que se levantan de la cama y operan en una especie de modo básico o de bajo consumo durante aproximadamente dos horas. Dos horas tras las cuales su cerebro empieza a despertarse y asimilar el espacio-tiempo. Durante esas dos horas es capaz de realizar una serie de actividades gracias a secretos que se llevará consigo a la tumba; quizás porque a nadie podrían interesar. Durante esas dos horas, su ritual consiste, invariablemente, en levantarse de la cama, vestirse con algo que previa y sabiamente ha dejado preparado el día anterior para no tener que llenar su mente con enigmas del tipo “por qué pernera hay que meter el pie derecho” y otros aún más complicados una vez que sale de casa y debe desentrañar los misterios jeroglíficos de los semáforos de su ciudad.
Una vez que llega a su trabajo, es capaz de emitir otro tipo de gruñido ante los saludos matinales de sus compañeros y empezar a preparar todo lo necesario para cuando su cerebro haga acto de presencia y le permita comenzar con su labor. Dani tiene una diplomatura en ingeniería y trabaja como masajista, algo que no le gusta demasiado.
La mañana transcurrió como el resto de ellas. Un baile automático y tedioso consistente en dar la bienvenida al cliente, preguntarle qué dolencia tiene o si, de lo contrario, solamente viene a por una puesta a punto; para seguidamente aplicar presión en los puntos necesarios de la anatomía humana, lavarse las manos y vuelta a empezar. Así durante cinco horas para cuatro clientes. Como cada mañana.
Dani, como todos los días, supo que su jornada laboral llegaba a su fin antes de mirar el reloj o recibir aviso alguno. El cuerpo humano es una máquina poderosa además de inteligente y así se lo hizo saber, mediante un rugido furioso procedente de sus tripas. Así que, se desembarazó del uniforme para volver a ponerse su ropa, se despidió de su salerosa jefa –Dani piensa que todos los andaluces deben ser igual de simpáticos- y comenzó a deshacer el camino hacia su casa que había cubierto por la mañana; dando las gracias por vivir en la zona más baja de la ciudad, ya que así el esfuerzo sería mínimo.
Una vez a salvo del frío y dentro de casa, una sombra negra de tamaño pequeño comienza a increparle a ras de suelo y en un idioma ininteligible. Al cerebro de Dani a veces le cuesta asimilar según qué información y por eso tardó un par de segundos en comprender que aquella sombra era su gato negro, aquel idioma eran maullidos malhumorados y la razón de aquella riña era que, como cada mañana, a Dani se le había olvidado dejar comida en el cuenco del felino; así que procedió a satisfacer a su compañero animal. Después de enfrentarse a aquel contratiempo diario, su estómago volvió a quejarse y a pedir ser llenado para poder segregar diferentes ácidos y trabajar de una vez en todo el día, por lo que el chico procedió a calentar y freír algo de comida para acallar aquel instinto básico, como cada día.
Después de digerir dormitando mientras veía algún programa en la televisión, a Dani se le ocurrió que, ya que no podía evitar el frío de ninguna manera –algún día se le ocurriría algo grande para ello- y puesto que el día se había levantado soleado y sin viento, debería aprovechar el par de horas que quedaban y recargar algo de energía por vía tópica dejándose bañar por el Sol. También necesitaba algo de cafeína y matar el aburrimiento, pero eso arrebataría algo de glamour a esta historia. Así que se dirigió a una de las cafeterías de la zona centro más alejadas para, de camino, estirar un poco las piernas y pasar por debajo de la luz solar.
Ya en la cafetería, dio buena cuenta de su ritual café con leche largo de café y doble de azúcar, tres cigarrillos, un repaso a la prensa haciendo especial hincapié en la sección meteorológica con la vana esperanza de que al día siguiente hiciese menos frío, y del autodefinido que le gusta firmar cuando lo ha completado. Acabado el ritual del café solitario, procedió a volver a casa por otro camino y mirar algunos escaparates; para, acto seguido, maldecir el estado de la economía en general y de su cartera en particular, como cada día.
Con el crepúsculo ya a sus espaldas, Dani procedió a hacer lo que cada día hacia: perder el tiempo. Se entretuvo bastante rato en diferentes páginas de Internet, buscó alguna musa en su mente para actualizar su blog y componer alguna canción que sería un éxito en el panorama rockero y le catapultaría a una vida lejos de aquel tedio; afinó y tocó durante dos horas su bajo para no perder nada de práctica (nunca se sabe cuando un manager desesperado llamará a tu teléfono y te ofrecerá un contrato multimillonario) y, llegada ya del todo la noche, cenó algo ligero mientras veía la serie de turno, habló con algunos amigos mediante el archiconocido Messenger (la vida social de millones de personas se verá seriamente afectada si este programa desapareciese) y, con los bostezos haciendo acto de presencia, se puso el pijama, programó el despertador a aquella hora que tanto odia y se introdujo bajo las mantas a leer hasta que el sueño ganase el pulso.
Como cada día.
P.D: La canción que suena en el despertador es la siguiente:
lunes, 29 de diciembre de 2008
Ciudad de Piedra
Corría por la calle. Sin más motivo que accionar los músculos y las articulaciones de las que empezaba a ser consciente, la coordinación, el movimiento puro, sin objeto. Y tropecé. Caí con la rodilla en el bordillo de la acera. Escuché las risas de los otros niños. Uno me ayudó a levantar. Tenía peladas las palmas de las manos. Me dolía la rodilla. Cojeé de vuelta a casa.
Después, mi padre examinando el golpe. ¿Te duele?
No mucho.
Yo, sentado en una silla, la pernera subida. Mirando por el pasillo el resplandor feo del flexo en el despacho de mi madre. El silencio persistente, apenas un rumor de hojas. Había cojeado un par de veces delante de la puerta abierta hasta que me crucé con mi padre.
Mañana te dolerá más, dijo. El cigarrillo en sus labios, balanceándose despacio. Pero no es nada. Un golpe de nada, ¿eh?
Sí...
El cigarrillo, arriba y abajo. ¿Estás bien?
Los ojos me ardían. Hasta yo sabía que era mayor para llorar por un tropiezo. Por un golpe de nada, hacía ya una hora. Apreté los dientes.
Mi padre me puso la mano en el pelo. ¿Estás bien?
Sí.
¿Tienes algo más?
Extendí las manos como un mendicante, raspadas y sucias.
Sonrió. Tampoco es nada, dijo. Vamos a lavarlo.
Y pasamos una vez más frente a la puerta abierta y la luz amarillenta y aquellos ojos oscuros siguieron atendiendo sólo la interminable sucesión de papeles, legajos, textos legales que no se acababan nunca, que siempre eran sustituidos por otros iguales, y para siempre aquel rostro delgado, de facciones duras y mandíbula tensa, inclinado sobre la mesa, la severa coleta, y la expresión de su rostro, la eterna expresión de su rostro, como si acabase de llegar a su estómago algo muy frío o muy ardiente y sólo pretendiese fingir que no había nada, nada en absoluto, nada que fuera abrasador y doloroso resbalando por sus vísceras...
Una casa en la ciudad de piedra. La puerta abierta. Entramos en un salón grande, despejado de muebles. Una par de bombillas colgando desnudas del techo. Los platos de la batería brillan. Un tipo rubio conecta los amplificadores con la guitarra colgando bajo el brazo, entre un par de micrófonos en sus soportes como dos jirafas negras y cabizbajas. Crujidos de válvulas. El sonido eléctrico de las cuerdas. Hace calor, mucho.
No es un concierto propiamente dicho, me había explicado Dani. Es como un ensayo con público. En su local de ensayo, ¿sabes dónde es?
Frente a los instrumentos, están Dani, Muerto, Brus, Marcos, y algunos tipos y tipas que me suenan de vista. – Eh- saludo. – Hola.
Giran las cabezas. Me miran. Luego, la miran a ella. Violenne está preciosa. De negro. Sonríe con timidez. Nos acercamos a la gente. Dani bebe de una lata de cerveza y hace una mueca. Violenne los va saludando. Oigo a Marcos decir: - Belén, ¿no?
Dani me señala unos cubos llenos de hielo junto a una ventana. – Píllate una birra, tío.
- Ahora- le digo.
- ¿Cómo va la cosa?
- Bien, supongo.
- Bueno, guai- dice, encogiéndose de hombros.
Violenne se acerca a Dani. – Hola.
- Hola, tú. – Se dan un par de besos. – Qué tal.
- Bien... – Violenne carraspea.
- De vuelta, ¿no?
- Sí- contesta. – Una temporada.
- Qué bien- dice Dani, serio como el cáncer. – Qué alegría.
Violenne suspira y sonríe.
Dani me mira y me señala con la lata de cerveza. – Sabes qué, tío. Tengo curro.
- Venga ya.
- En el cine, colega.
- Joder. – Empiezo a reírme. - ¿De taquillero?
- Casi. Corto las entradas, acomodo a la gente. – Se encoge de hombros. – Le grito a los niños, esas cosas. – Pega un trago a la lata. – Estoy deseando gritarle a los niños. En serio.
- Voy a por unas latas- digo. Me acerco al cubo, vigilando de reojo a Dani.
- Ajá... – dice, mirando a Violenne. – Entonces... ¿Sigues siendo tan gabacha?
- Creo que sí- responde ella. – Me han dicho que tienes tuberculosis, ¿qué tal lo llevas?
Dani arquea las cejas. – Bien. Intentaré no toser en tu presencia. – Se despide con un gesto y se acerca a Marcos.
Le doy una lata a Violenne. – Ya sabes cómo es.
- Sí, ya. Por lo menos me ha hablado.
- No es tan malo como parece.
- No digo que sea malo. – Abre la lata, que sisea y vierte espuma. – Es Dani. Lo conozco de sobra.
Más tarde, ya hay unas veinte personas en el local. Han aparecido Raquel y Sonia, y me han presentado a los otros miembros del grupo, el cantante y guitarrista, y el batería. El cantante se llama Julián y es un tipo delgado, con el pelo rubio aplastado sobre el cráneo y barba de una semana, y aspecto de estar muy colocado de algo contundente y arrasador. Lleva una camisa negra de manga corta mal abrochada y los vaqueros rotos por las rodillas. El batería lleva una camiseta roja del Che y bermudas con palmeras, cresta y una oreja atravesada por un imperdible. Si entre ellos pegan poco, al lado de Sonia nada parece tener sentido, con su largo flequillo sobre el rostro y sus Converse, una azul y otra verde. Empiezo a desconfiar por momentos.
- No sé yo si esto ha sido buena idea- le digo a Violenne en un aparte.
- ¿Por?
- Los del grupo. No tienen pinta de funcionar juntos- digo. – Sonia parece salida de la puta Rockdeluxe, el batería tiene pinta de creer que Eskorbuto siguen si ser superados, y de qué coño va el puto cantante, ¿Kurt Cobain del siglo veintiuno?
Ella sonríe. – Sí, son raros. Extraños.
- Hagamos un voto de confianza.
- Hecho- dice, y vuelve a sonreír. Me inclino y le doy un beso. Ella titubea, sus labios se tensan antes de devolver el beso de manera rápida y fugaz. Cuando he ido a recogerla, se ha comportado igual.
- ¿Te pasa algo?- pregunto.
- No...
- Es que...
- No me pasa nada.
- ¿Seguro?
- Seguro- dice. Aparta la mirada. Se muerde el labio inferior. - ¿Qué música crees qué harán?
- ¿Seguro que no te pasa nada?- pregunto, notando mi interior encogiéndose, dispuesto a recibir un golpe.
- No me pasa nada- replica. Mirándome a los ojos, frunciendo un poco el ceño.
- Bueno, vale.
Bebe de su lata. – La he terminado- dice. - ¿Quieres otra?
Julián, el cantante, se tambalea frente al micrófono con expresión ausente. La guitarra le cuelga como el fusil de un soldado borracho. Se enciende un cigarrillo. Sonia se coloca el bajo y se acerca a su micrófono. El batería prueba el bombo. Pom, pom. Los amplificadores chirrían. Hay algo místico en este instante, en estos conciertos pequeños, en lugares sin aforo suficiente ni ventilación, con iluminación paupérrima y el humo flotando como niebla. La manera en que se preparan. Conectando clavijas, tensando cuerdas, los pequeños ruidos. Los carraspeos. El rumor del público. El momento casi mágico en que la música todavía no ha tenido la oportunidad de desmentir las expectativas.
Sonia carraspea. – Ejem- dice. La gente la vitorea. Hay silbidos. – Sí, sí, vale. – Se ríe. – Bueno, esta tarde hemos tenido otra crisis de identidad, así que ya no nos llamamos Crack House... Afortunadamente. – Risas. El batería hace una mueca y sacude la cabeza. – Ahora nos llamamos The Faulkners. Como el escritor, ¿no, Julián?
Julián asiente, con la barbilla pegada al pecho. Por la manera en que la sostiene, la guitarra parece pesarle una tonelada.
- Pues eso, The Faulkners. – Sonia mira a Julián. – Nuestros temas están un poco verdes, así que hoy sólo tocaremos versiones. Pero tocaremos un montón, eh.
La gente aplaude. Se retira del micrófono. Julián se saca el cigarrillo de la boca y lo tira al lío de cables que tiene debajo. Pisa el pedal. Empieza a rasgar la guitarra. Sonia y el batería le siguen, haciendo un muro de ruido indiscernible. Pero en unos segundos empiezo a distinguir Anyone can play guitar. – Bien- digo. – Muy bien.
Cuando cesan los aplausos de la última canción, me doy cuenta de que Violenne no está a mi lado. Le doy con el codo a Dani. Le pregunto si la ha visto.
- Se fue por las escaleras, hace un momento- dice.
Paso entre la gente y llego a una escaleras con el pasamanos cubierto de polvo. En la segunda planta no hay luz eléctrica, pero distingo las formas de un estrecho pasillo y un par de puertas. La primera está entornada y proyecta algo de luz. La empujo y veo a Violenne siluetada contra la ventana, fumando un cigarrillo. Mira hacia la calle, la farola que ilumina desde fuera la estancia, rodeada por una nube de insectos, mosquitos y polillas que golpean en el cristal como si llamasen pidiendo auxilio.
- Eh- digo.
Se vuelve, el rostro bañado en fosforescencia amarilla, una delgada lámina de luz mostrando la anatomía interna del humo que sopla despacio entre sus labios. Sus ojos brillan, feéricos. Nunca ha estado tan guapa. Nunca tan poco terrenal, como si fuera miembro de una raza diferente, una raza destinada a empresas mejores y más elevadas, emparentada con gigantes y hadas y los misteriosos pueblos perdidos, una raza que sólo por error caería cerca de nosotros y se mezclaría en nuestros pedestres asuntos.
- Estaba buscando el servicio- dice. Sus erres. Su acento, lleno de matices evocadores. Siento eso, el encogimiento interno. El miedo, sujetándome con manos frías las entrañas.
- No creo que funcione. – Cruzo la habitación oscura hasta el rectángulo de luz que proyecta la farola, hasta su mismo borde. El calor es denso, como si hubieran encendido varios braseros en la habitación.
- No funciona.
Pongo las manos en sus caderas, apenas las yemas de los dedos. Trago saliva. - ¿Qué te pasa?
Ella sacude la cabeza. Se aparta y se vuelve hacia la ventana, ocultando el rostro.
El aire, espesándose. Respiro su humo. Retiro el pelo negro como plumas de cuervo de su nuca y la piel refulge blanca, inmaculada. La acaricio. Se estremece.
- Violenne...
Gira la cabeza y el pelo cubre en abanico la blancura de su cuello. – Yo... Creía que lo habías entendido.
Sostengo las manos todavía frente a mí, en el gesto de acariciar la piel huída. Las bajo con lentitud. Los insectos aletean en el cristal con un sonido polvoriento. Los veo girar en la luz, un torbellino difuso. Su rostro en primer término, oscuro y desenfocado.
- Creía que lo habías entendido- repite.
- ¿Entender qué?
Se muerde el labio. – La despedida. La despedida que merecíamos.
Frío, el miedo. Un lazo gélido prendiéndome el interior de la garganta, estrangulando. – Violenne...
- No quería fuera así- dice. – No como acabamos. No quería que desaparecieras.
Cierro los ojos y veo bailar los mismo insectos, puntitos de luz, un constelación multicolor.
- Quería despedirme- dice.
Abro los ojos. El polvo en el suelo. La luz amarilla. – Te vas- digo. – Otra vez.
- Sí.
Niego con la cabeza. – No... No te vayas- digo.
- Tengo que irme... Me gusta esto. Pero tengo que irme. No es mi sitio. Ya lo sabes...
Lo sé. Pero no quiero saberlo. Quiero tirarme al suelo de rodillas y sujetar la falda de su vestido y rogarle, rogarle que no se vaya, que no me haga esto, que no me lo haga otra vez. Quiero extender una vez más mis manos heridas de mendicante y pedirle que se quede a mi lado, las palmas rojas y sucias, decirle lo que la quiero, lo enfermo que estoy de ella, contarle que todos y cada uno de los días desde que se fue pensé en ella y no dejé de buscarla, que no puedo empezar otra vez a echarla de menos, que no me prive de su carne y su medicina, que no se vaya tan lejos, que no se vaya, que la necesito como nadie la necesitará jamás, y que su ausencia me mata, me mata por dentro, me duele de una manera tan profunda que no puedo alcanzarla, un tristeza inconsolable que no se puede llorar, que no se puede gritar ni exorcizar. Decirle te añoraré, te añoraré, te añoraré cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día se me irá el aliento y estaré más vacío, más muerto en vida, más necesitado. No te vayas porque te necesito. Necesito que me quieras. Necesito volver a casa y mi casa eres tú...
Pero digo: - No... Las circunstancias no importan... Yo... Haremos lo que sea. Si te vas, yo...
- No- dice. – No es eso.
- ¿Entonces?
- Es que ya no es lo que era. – Los ojos vidriosos. – Dejó de serlo hace tiempo. – Respira hondo. – Perdí la ilusión. Hace mucho.
- Pero...
- Es sólo eso- dice. – No son las circunstancias. Las cosas cambiaron... Estoy cansada de esforzarme. Me agoté de intentarlo. Quiero otra cosa. Quiero que sea fácil. – Me mira. Los pozos azules de sus ojos. Como cenotes excavados en un cielo sin nubes. – Tú y yo nunca fuimos fáciles.
No es muy distinto de recibir un golpe en la cabeza. Un golpe onomatopéyico y exagerado, con un mazo enorme, ACME escrito en rojas letras de cómic. Al principio, ni siquiera duele. La miro marchar desde la ventana. Camina por la calle empinada, sobre las rocas pulidas por cientos de años de pisadas, las irregulares arterias de la ciudad de piedra bajo una cortina de insectos, una Violenne en cartulina negra vuelve una esquina y desaparece en la penumbra...
Y sólo queda mi rostro en el cristal sucio. Los ojos vidriosos, las mejillas afeitadas unas horas antes por las que resbala el sudor, los labios apretados en una u invertida. Disfruto de este último instante de inanidad antes de que la pena empiece a cortar como vidrio. Ahora no hay nada. No siento nada. Vibra mi esqueleto por el golpe, sólo eso. El sublime momento del impacto en que no hay espacio para otra cosa, ni compasión, ni lástima, ni lamentos.
Dolerá mañana, pienso. Mañana, cuando llegue el frío.
Así que enciendo un cigarrillo. La brasa relumbra en la ventana. Aspiro con fuerza y soplo después una larga bocanada hacia el cristal y al otro lado los insectos bailan y rozan la ventana y ascienden nubes gemelas en el insufrible calor de la noche y la luz triste de la farola.
sábado, 15 de noviembre de 2008
Loveless
Buscando por ahí, he encontrado todos los poemas... enjoy!

ActoI:
Infinito es el misterio del don de la Diosa.
Ondulando la superficie del agua.
El alma errante no conoce descanso.
ActoII:
Mi amigo, tu deseo,
Es la portadora de la vida, el don de la Diosa.
La leyenda habla de sacrificio cuando el mundo acabe.
El viento navega por la superficie del agua.
Lentamente, pero seguramente.
ActoIII:
A medida que la guerra envía al mundo lastimando a la destrucción.
El prisionero sale con su nuevo amor.
Y se embarca en un nuevo viaje.
ActoIV: parte 1
No hay odio, solo alegría,
para ti que eres amado por la Diosa.
Héroe del amanecer, sanador de mundos.
Tres amigos entran en la batalla.
Uno es capturado,
Uno vuela lejos.
El que queda se convierte en un héroe.
Si fuéramos a promulgarlo...
¿Seria yo el héroe?
¿ó lo serias tú?
actoIV: parte 2
Es más,
después de todo, tú gloria es debida a la mía.
Mi amigo, el destino es cruel.
No hay sueños, no hay honor.
La flecha que ha salido del arco de la diosa.
Mi alma esta corrompida por la venganza,
un duro tormento.
Para encontrar el final de mí viaje en mi propia salvación.
Y tu eterno letargo.
Ahora lo que mas deseo...
es el ''Don de la Diosa''...
ActoV:
Sueños del mañana con el alma destrozada.
Se pierde el orgullo.
Las alas han sido despojadas lejos, el final se acerca.
Es esto...el destino de un monstruo.
Incluso si el día es estéril de promesas,
nada podrá prevenir mi retorno.
Si este mundo desea mi destrucción...
...vendrá conmigo.
Prólogo:
Cuando la guerra entre las bestias traiga consigo el fin del mundo, la Diosa descenderá del cielo.
Con sus alas de luz y obscuridad desplegadas,
nos guiará hacia la dicha, su don será eterno.
viernes, 14 de noviembre de 2008
Fábula
-Pues de todo un poco la verdad.
-¿A qué te refieres?
- Pues verás, eres un tigre, soy un armadillo, y me estás pidiendo que me quite las placas.
-Y qué hay de malo en eso? -respondió Tigre-¿Es que crees que voy a hacerte daño?
-Quizás me niegue a creerlo, pero he tenido experiencias con otros que son como tú y, para qué engañarnos: los tigres comen carne y yo, bajo las placas, soy carne.
-No te preocupes por eso, armadillo. -dijo Tigre entre risas- apenas tengo colmillos, ves? y yo soy más de chocolate que de carne.
Podemos intentarlo, no crees? No digo que te quites las placas de golpe, pero, quien no arriesga no gana, sabes?
Así, día tras día
. Armadillo se iba quitando una de sus placas mientras Tigre le demostraba -o acaso eso creía él- que no tenía nada de qué temer. Cuando Armadillo tenía frío, ahí estaba Tigre para acogerle en su peludo y mullido seno. Cuando tenía miedo, Tigre le consolaba y le susurraba palabras tranquilizadoras al oído, el cual solía echarse hacia atrás y temblar, pero temblaba de amor.Hasta que llegó el fatídico día. A Tigre le crecieron los colmillos y su instinto acabó por apoderarse de él, somos lo que somos, al fin y al cabo no podemos negarnos a nosotros mismos, sería antinatural. Como podéis imaginar, a Armadillo no le quedaba ni una sola placa en el lomo y tenía miedo, sí. Hacía unos días que Tigre no era "su" Tigre, su comportamiento había cambiado, al igual que su temperamento y sus costumbres; apenas se acordaba de él.
Y, finalmente, Armadillo tuvo lo que se merecía, por ingenuo. La zarpa de Tigre atravesó la blanda carne que se escondía bajo su lomo, desgarrando y hendiendo hasta llegar al mismísimo corazón. Toda la suciedad y bacterias que había en la pata del felino llegó hasta el órgano vital con su ponzoña. Convirtiendo su torrente vital, su sangre, en el más poderoso de los venenos y haciéndole enfermar.
Malherido, reptó hasta su madriguera a lamer las heridas y a intentar recuperarse.
Muchas veces, sus amigos venían a verle, con la esperanza de que saliese de su agujero y compartiese algo de él. Pero Armadillo les decía que aún no estaba preparado, que no tenía defensa alguna. Sus amigos, obviamente, le decían que no le iban a hacer daño; a lo que él siempre respondía.
-Ya me han dicho eso antes.
Paulatinamente, los amigos dejaron de acercarse a la guarida de armadillo. Los que no habían quedado hastiados por la respuesta de Armadillo, no querían acercarse a su madriguera, pues al hacerlo sentían una extraña congoja en su interior.
Y así pasaron meses. Armadillo durmió - ¿qué otra cosa podía hacer?- hasta que un día despertó y notó algo raro en su lomo. Las callosidades se estaban volviendo a formar, pero esta vez no tenían la plana forma que precede a las placas. En su lugar, tenia varios puntos que iban creciendo verticalmente, en lo que se presuponía iban a ser espinas.
- Vaya, así que ahora toca ser erizo.
