Teo está fatal, pilló un catarro gordo hace unos días y hay que llevarlo a casa porque se le va la cabeza y se marea.
Día 0
Me levanto con dolor de garganta y paso el día con ello, esperando que no vaya a más.
Día 1
Me levanto con el padre de todos los catarros. Dolor de garganta, de cabeza, de huesos, mocos y tos a partes iguales, cansancio, somnolencia y ansias asesinas hacia quien me ha contagiado esto. Sino fuese porque estoy hecho polvo y matar es muy cansado, ya lo habría hecho.
Con los ojos cerrados, os veo creéis que no os miro y no lo hago mas, os veo estáis en mis adentros poseéis mi alma matáis mi vida borráis mis sueños, no os quiero no os miro y aún os veo poseéis mi mente mi corazón es vuestro prisionero me revelo me niego no quiero reconoceros y aún así, os tengo MIS MIEDOS me dominan gobiernan mi vida no los quiero pero los tengo siguen conmigo ya... no los niego.
Proliferan las chanclas de guiri, rds indumentaria insufrible y entrañable que ya tinta los rincones más solemnes del lugar. La Vía Augusta explota en un Sol poderosísimo y el vendaval visitante es imparable. El tren turístico desfila lleno de franceses y japoneses con cámaras fotográficas; y estos viajeros no dejan de tener semblante irrisorio en su ademán de quedarse embobados en su ruta de turismo enlatado. Es un enclave de privilegio, donde se ensambla el patrimonio romano y el mar azulísimo.
Ingleses, noruegos, rusos, suecos... todos caben en este esplendor veraniego, con el único contraste de un depauperado Parque de las Ranas en obras y arropado por vegetación. En el paseo, los turistas caminan bajo las palmeras, que cobijan a decenas de jubilados que arreglan el mundo a golpe de tertulia. Cerca, en uno de los bancos, una pareja detiene el tiempo devorándose entre palomas y el sonido de una Marsellesa tocada regular por un flautista que pide dinero.
Y ellos, los turistas avezados, siguen abundando: el inglés se caza al vuelo. Poco hay que saber de romanos para dejarse epatar por los resúmenes pictóricos de la ciudad que ofrece el Paseo de las Palmeras, a medida que se avanza de camino hacia la Rambla Nova. Ya en el balcón, un indigente pide dinero y su imagen contrasta con la de los nórdicos, ociosos y asquerosamente perfectos. Vaya dicotomía: un euro de caridad o para esas máquinas telescópicas con las que mirar al horizonte. Se antojan antiguas, poco fiables y nada concurridas.
"Tocar Ferro", el hábito secular, nos regala la vista del millón de dólares, de euros o de detalles. Porque Tarragona solo se completa plenamente desde aquí. El Puerto Deportivo, deliciosamente perfilado; la vía del tren, incordiosa y pelín sórdida; el paseo marítimo decorado con el lema de Tarracajorrani; la inmensa "T" en el césped de abajo y la escarpada pared de los suicidas; y las playas ya salpicadas de bañistas.
Sobran los adjetivos que hablen de majestuosidad y belleza. Esta perspectiva no cabe en mil palabras. Baste decir que la ciudad parece abrirse épica y eterna a la inmensidad. La peregrinación del viajero es obligada, aunque se impone el centro de reunión también para los de casa, que adoptan la llegada al Balcón como una rutina placentera, dulce y amabilísima.
Los tarraconenses que pululan por aquí (se perciben en los gestos, las formas y las pintas) son sabedores de est tesoro, acaso la añoranza urbana más íntima cuando se está lejos.
Hoy debería poner algo interesante, pero, en lugar de ello, voy a poner una referéncia bíblica y la traducción de una canción que dice mucho sobre lo que me rodea (la podéis escuchar originalmente aquí abajo.
La cita es Mateo 7:1-5 y la canción es la siguiente:
Desde el comienzo de nuestras vidas nos empujan de pequeñas maneras que nadie nos preguntan como queremos que sean.
En el colegio nos enseñan qué pensar, pero cada quién dice cosas distintas, aunque todos ellos están convencidos de que son a ellos a quien debes obedecer.
Así que siguen hablando, nunca se detienen. y en cierto momento te das por vencido, y la única cosa que piensas es la siguiente:
¡Quiero salir! Vivir mi vida solo ¡Quiero salir! Dejadme ser ¡Quiero salir! Hacer las cosas por mí mismo ¡Quiero salir! Vivir mi vida y ser libre.
La gente me llama A y B me dicen cómo debo ver cosas que ya sé perfectamente.
Así que me empujan de lado a lado, me empujan de blanco a negro, me empujan hasta que no hay nada más que escuchar.
Pero no empujéis hacia el límite, cerrad la boca y alejáos de mí. Porque yo decido como mis cosas deben ser.
¡Quiero salir! Vivir mi vida solo ¡Quiero salir! Dejadme ser ¡Quiero salir! Hacer las cosas por mí mismo ¡Quiero salir! Vivir mi vida y ser libre.
Hay un millón de formas de ver las cosas en la vida. Un millón de formas de ser tonto. Y al final, todos estamos equivocados. Algunas veces necesitamos estar solos...
No, no, no... dejadme solo!!!
¡Quiero salir! Vivir mi vida solo ¡Quiero salir! Dejadme ser ¡Quiero salir! Hacer las cosas por mí mismo ¡Quiero salir! Vivir mi vida y ser libre.
Andamios y mucho comercio viejo vertebran la calle Sevilla, céntrica y discreta, flanqueada por vías en pendiente. un bar, una agencia de viajes, un locutorio o una floristería reparten normalidad urbana en este asfalto de tránsito hacia el descenso. La bajada agresiva de la calle Ibiza alarga la perspectiva y detona el horizonte, hasta ver parte del edificio de la Tabacalera, e incluso, en el punto de fuga, a los barrios de poniente. La zona se palpa inestable porque los desniveles nos envuelven.
Poca más historia guarda el rincón que la de seguir caminando hasta que la calle muera y el giganteso escalón que es Tarragona empape la estampa. La evocadora estampa desde Doctor Zammenhof es de aquellas que valen la pena: el azul rabioso del cielo, el skyline recortado por grúas, los silos y los barcos del puerto; la ciudad baja, mi hogar. El picado nos enseña la construcción nueva en lo que antes eran solares, trozos muertos de ciudad sin resolver y ahora es obra bombardeada por el sol inclemente, Se intuye la brisa, el aroma del Mediterráneo.
Inevitablemente, entre jóvenes ociosos y abuelos que gastan la mañana bajo naranjos, envalentona la curiosidad del acceso hacia la Tarragona que después se abrirá al mar. Las cien escaleras son un atajo gracioso, emblemático y, por supuesto, inexacto. El redondeo también afecta aquí. ¿Quién se ha resistido a contar los peldaños? Uno, dos, tres... queda al lado un pequeño parque con cuatro bancos, una rosa de los vientos dibujada en el suelo y dos operarios de la brigada municipal que acicalan la vegetación... cuatro, cinco, seis y así hasta el escalón número 55, donde un banco de piedra maltrecho y graffiteado sirve para un breve descanso.
Y en esas, entre el cruce con un goteo constante personas, entre ellas niños que disfrutan pasando lista a los escalones, se alcanza el último, el número 97, y se deshace el mito del centenar. El ritual de recuento es casi atávico y te arroja a la calle Vapor. La voluminosa Chartreuse es la meta del brusco descenso y una nueva Tarragona se abre a nuestros pies.
La envejecida fábrica contrasta con el esplendor impoluto de una zona nueva de supermercados y camiones alrededor que repostan el arsenal de la alimentación. La plaza dels Infants, mañanera, desierta y amable, destila relax. Otro ritual tarraconense: tocarles la cabeza a los chavales metálicos y macizos que, en el centro de la plaza, observan la fuente. En toda la plaza, sólo hay una chica que llama por teléfono ¡en una cabina!, esa instalación que se nos antoja antediluviana. El lugar rebozará multiculturalidad por la tarde. Esa pista de baloncesto es el Harlem de Tarragona.